Sacar fuera todo el dolor que me ocasiona tu marcha, tu renuncia a volver a mirarme a los ojos, tu huida...
Contar en pocas palabras todo el vacío que me has dejado, el silencio que ahora respiro, el frío en mi vida.
Describir la miseria en la que me muevo, la tristeza que envuelve mi día a día, el abismo que se abre a cada paso que doy.
No hay forma, no encuentro la combinación perfecta que refleje el montón de nada en que me convertido. Tú eras la luz que me daba calor, que iluminaba el camino; dime, ¿qué hago ahora?
Me levanto cada mañana pensando en el mañana, me empeño en no vivir el ahora para no descubrir de nuevo lo sola que estoy. No quiero nada, ni consuelo ni palabras, ni perdones ni razones, no quiero escuchar a nadie que me invite a levantar la mirada, a mirar al frente, que me guíe de nuevo, que me enseñe que hay más luz, tanta que a veces me ciega.
No quiero. Sólo quiero sentarme en un rincón cualquiera de mi corazón. Recordar los ya viejos recuerdos y vivir de ellos. Aislarme del mundo para no olvidar ni un segundo de los que pasé a tu lado.
Y es mi empeño, morir, morir de todo, de todos, sin miedo.
Morir de luz, de colores, de canciones.
Morir de niña, de joven, de mujer, de la anciana que nunca seŕe.
Morir de día o de noche, no importa.
Si tú ya no estás, sólo queda el silencio infinito, la nada, la muerte.